Xena, la gata que me esclavizó

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A pesar de que en toda mi vida sentía afinidad hacia los gatos, siempre me les acerqué de forma tímida. En mi infancia campuna, eran animales de trabajo, no de compañía. Los perros se iban a trabajar para la loma con mi abuelo en cada madrugada, los gatos se quedaban en casa para matar ratones, culebras, y hurones. Eran eso, animales de un trabajo. 20 años después vivo en un apartamento y tengo mi propia gata. Se llama Xena, la princesa guerrera. Pero mejor llamarle Xena, la gata que me esclavizó.

En el campo los gatos nunca se enfermaban, a diferencia de los perros que cogían gusanos o pulgas.

Los gatos siempre estaban pariendo, pero no había gato sin dueño, porque casa sin gato era nido de ratones. Los salvajes felinos no se dejaban tocar, y si los jodías te gruñían o atacaban. No se domesticaban, eran animales salvajes acostumbrados a vivir entre la gente.

Hasta la más peligrosa fiera, necesita un lugar al cual llamar hogar.
Cuando cazaban sapos, solían padecer un ataque de asma por horas, algo había en el sapo que les hacía daño, pero aún así los seguían cazando y comiendo. Todos hacemos lo indebido cuando queremos coger gusto.

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— ¿Mamá qué le pasa a la gata? — le preguntaba a la abuela.
— ¡Que comió maco! — fin de la conversación.

Las gatas paridas cazaban lagartijas y se la traían viva a sus gatitos, los cuales jugaban con ella hasta desmembrarla. La vida del campo es salvaje, llena de garras y sangre. A diferencia de la vida en la ciudad, que está llena de ruidos y muertos.

Salí del campo a la ciudad. Los gatos me seguían gustando, pero seguían siendo animales salvajes. Hasta que un día alcancé a ver una publicación en Twitter donde se buscaba hogar para una gatita de apenas dos meses de nacida. De inmediato dije: la quiero. Y sin pensarlo fui y la busqué. No tenía comida para gatos, ni caja de arena, ni cama, pero quería mi gata. Era ahora o nunca. Y el anillo del cielo se abrió y la dejó entrar al círculo de mi vida para cambiar las formas.

Xena, la princesa guerrera, o debería decir Xena, la gata que me esclavizó me levanta todos los días a las seis treinta de la mañana sin importar si es fin de semana para que la sobe debajo de la mandíbula. Es una gata con un perverso deseo de ser consentida. Cuando me tranco en el baño me obliga a base de maullidos a que le abra la puerta y la deje pasar, la felina me tiene vigilado. Me ha robado lo más preciado que tengo como ser humano, mi intimidad. Si me siento en el sofá o me acuesto en la cama a descansar, se pone a mi lado y me pone encima dos patas para recordarme que soy suyo y de nadie más. Su ambición por poseer todo lo que le rodea me ha trastocado muy hondo.

Cuando tiene hambre, me hace las peores exigencias que me han hecho en la vida. Agradezco mucho que no haya una pistola cerca no vaya a ser cosa que la gata la coja y me pegue un tiro.

Al final, cuando llega la noche, se acurruca al lado de mi almohada, se pone a ronronear, y duerme conmigo.

Xena, la gata que me esclavizó, también vigila mis sueños.

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👽 Ficción · 😼 Gatos

Un día me dieron la facultad de las mil y una maravillas.

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