Rapsodia de un polvo

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Hay polvos que van más allá de un orgasmo. Y, sobreviven aún después de habernos puesto la ropa, servido un café, y prender un cigarrillo.

La noche de anoche no tuvo nada de mágico, todo fue real y plausible como el aliento al alcohol que tocó mi cara cuando me gritaste encima.

Ya te has ido… no me dejaste un teléfono, una dirección, ni siquiera sé tu nombre, pero en mi piel quedó tu aroma, imposible de borrar.

<<Perdona, ¿tienes fuego? >> fue lo que me dijiste en ese aburrido parque de la Zona Colonial.

<< ¿Qué tipo de fuego quieres? >> fue lo único que te contesté. No hizo falta más palabras.

Me metiste en tu carro, yo me metí gustoso, y ahí… frente a las calles con mal olor, la iglesia que nos quedaba de frente, y las “mariconas” borrachas que nos brechaban, lo consumamos sin consumirnos.

Abrimos la puerta, y salimos como si nada había pasado, cada quien por su lado. No hablamos, ni nos dijimos más nada. Y ahí murió… o al menos, debió morir todo. Porque yo, cada vez que quiero tocarme, pienso en tu olor, y mi piel se prende, y termino gritándola, como la gritamos todos, como la gritaste tú.

Lee aquí: El viejo que anda solo por los caminos

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👽 Ficción

Un día me dieron la facultad de las mil y una maravillas.

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