Metro en primavera

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– ¡Tiiip! ¡Tiiip! ¡Tiiip!

Avisa el metro su llegada con su sonido de monstruo. Decenas de hombres con cara de insectos perseveran taciturnos; no se si llamarles zombis dormidos en los laureles de lo cotidiano, hombres mecánicos programados para el abordaje, marionetas de los dioses del destino cual fichas de ajedrez, o simples trozos de carne embelesados con lo plausible. Simplemente eran junto conmigo seres esclavizados a la solicitud del perpetuo socorro.

Llega el metro. La mente abandona el cuerpo. –Conforme a sus anchas despierta su reminiscente instinto prehistórico – Actúa por voluntad propia.

La visión nos revela el paisaje del enfrentamiento de desalmados en un barullo corporal. Parecían personajes fantásticos de Gulliver con un apetito estéril, seres eternos condenados a la decadencia, el hambre y la sed, reaccionando ante un vaso de agua con un trozo de pan, cientos de insignificantes devorando un caramelo, gusanos carroñeros engullendo la mano de un dios dos veces muerto y esquelético, mientras la maldición de mi misma me condenaba a mirar.

Todos habían soportado lo justo para el verbo esperar, sin embargo la palabra justo fue comida y luego vomitada para volvérsela a comer, cuando le tocó el turno al verbo abordar.

Se va el metro. Todos han abordado. – La mente vuelve a un cuerpo casi muerto y abandonado, haciéndole recuperar su estado de esclavo para ser regido por una fuerza superior-.

Ahora estoy solo en la estación. Subo las escaleras y salgo a la calle, camino 8 cuadras a pie para llegar a mi destino bajo el abrazo del viento, y me cuelo entre un beso del sol tras su saludo de primavera.

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Divagaciones

Dramaturgo, bloguero, y roto!

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