Me encanta la gente que decide irse a una contra el mundo, las que no temen a ningún vivo y no se dejan coger de pendejos. Así es La Paletera de la zona colonial. Una mujer de una sola cara que la muestra sin importarle qué o quién. Y, la gente la odia; de los sobrenombres que existen le han puesto varios. Como personaje a ella hay que disfrutarla. Es un ser humano con mal carácter,  lo sabe, y no le importa. Me encanta.

Su rasgada voz y su paletera, no necesita más nada.

Una vez le quitó el bolón a un cliente que aún no había pagado y le dijo:

“No compres nada si tú no tiene cuarto, eso es para maricones con dinero, y tú no tienes”.

«Si tú no tiene cuarto no compres.. Yo le vendo a maricones con dinero, no como tú».

La Paletera de la Zona Colonial

Y así va ella por la vida. — si no tiene para pagar mejor no compre coño — dijo luego.

Y se quedó ahí de pie, como estatua temeraria dispuesta a un duelo de frente de tú me dices y yo te digo que se va a acabar cuando tu quieras.

La paletera es una doña bañada en canas que conocí a los 14 años, y al sol de hoy la sigo viendo igualita. Es cierto que vendía muy caro, y aunque andaba para arriba para abajo con su paletera y necesitaba vender para comer, el precio lo ponía ella. Y era eso, o nada. 

Quizás soy, somos, seremos, o seré igual que ella.

Me gustan sus peleas. No tiene reparos para decir las cosas ni decir malas palabras. Ella viste como si a nadie le importara. Lo único que se necesita para vivir es su paletera, su último refugio de los sueños donde se aferra a ellos desesperadamente. Con su paletera hasta el final, cuando la vida se le apague uno y se queda en oscuridad y todo desaparece.

Cuando me mudé a la Zona Colonial, la paletera fue mi vecina. Un reencuentro con mi adolescencia. Ella vivía al lado, en una antigua casa de dos niveles que convirtieron en un negocio de alquiler de habitaciones y aparta estudios. Un lugar en la Zona Colonial donde los espacios pueden tener baño compartido, o no tener ventanas, o son sin cocina u acceso a una, y un grandísima etcétera, pero a bajo coste. Para quien hace su vida en la zona colonial y no tiene dinero, es un lugar idóneo. Yo vivía en la casa de al lado, que es de un amigo de al cual le guardo un gran aprecio.

Una tarde, La Paletera de la zona colonial masticaba caña en el balcón, y de allá me voceó: “Dile al colmado que baje su música. Ya ta bueno coño. Toy jarta”. Cuando el colmado bajó la música, ella empezó a proferir de todo, porque no se iba a quedar con nada adentro. ¿Y, es que para qué trancarse en su habitación a pensar lo que pudiste decir si puedes decirlo y ya? Ella no se guardaba nada, y soltó todo.

El balcón donde ella vivía era común a la propiedad, pero como su habitación quedaba al lado del mismo, le dejaron el balcón a ella sola para que se lo coma.

En el corazón de la zona colonial donde se les daba paseo con carros tirados por caballos a turistas, ella se sentaba en una silla plástica a comer caña y encaramaba los pies en el balcón. Todo un espectáculo.

— Qué zona turística ni qué zona turística, esta es mi casa y la estoy pagando — decía.

¡Qué zona turística, ni qué zona turística! Esta es mi casa y yo la estoy pagando.

La Paletera de la Zona Colonial

Cuando empezó la pandemia, al igual que muchos (incluyéndome) perdimos nuestro sustento. Yo me aferré a mi inglés para trabajar, pero ella sólo podía aferrarse a su paletera, sin turistas en la zona colonial su destartalada paletera era sólo eso, una destartalada paletera. Deja de ser el lugar donde reposan los sueños, que que te da de comer tres veces al día, y de donde pagas el pequeño infierno donde vives encuevada, para ser…? NADA.

No hay turistas en la zona colonial.

En uno de esos días, una amiga consiguió fondos y distribuyó insumos entre gente de teatro. Al entregarme los míos, la paletera iba pasando y se acercó: “Dame algo que no tengo que comer, me está llevando el diablo ahora mismo. De todo eso que tú tienes yo quiero que por favor tú me des un poco. Yo cocino no te apures. Soy vieja, tengo hambre, y estoy jarta”. 

Nadie sabía qué decir o cuál expresión facial usar ante tal discurso. Pero todos lo amaron en secreto. Le dieron sus buenos insumos. En la mente de la paletera la palabra: “guisé”, seguro daba vueltas en el aire.

A cada rato escuchaba un vecino que ella tenía decirle de forma muy educada pero voceado: “Vete para allá alante, tu habitación allá alante, vete para allá y déjame tranquilo”. Yo nunca supe lo que en realidad pasaba, pero esos encontronazos eran a cada rato.

A la paletera de la zona colonial le hiede la vida, ella lo sabe, y no le importa.

¿Por qué escribo sobre ella?

Porque creo que el mood que ya tiene, es el mismo mío. Sólo que yo nací con él. Quizás, en un futuro, yo sea una réplica de ella.

Author

Estudié teatro; me apasiona el internet.

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