Tenía 8 años cuando en la casa de la vecina de al lado se apareció la gata. Se veía igual a cualquier gata callejera de las que llenaban la urbanización. Era obvio que era huérfana, o al menos no tenía hogar. Era de aquellas felinas que tenían sexo en los tejados y peleaban en los callejones. Una gata, que nunca tuvo nombre.

La gata se mudó a la casa de la vecina sin ser invitada. Se metía por las ventanas, por una puerta entreabierta, por donde fuese posible. Ella había elegido como hogar una casa que no le pertenecía, y como dueña a una señora que decía: “𝘌𝘴𝘢 𝘨𝘢𝘵𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘮í𝘢. 𝘌𝘭𝘭𝘢 𝘴ó𝘭𝘰 𝘷𝘪𝘦𝘯𝘦 𝘢 𝘮𝘪 𝘤𝘢𝘴𝘢 𝘺 𝘭𝘦 𝘥𝘰𝘺 𝘤𝘰𝘮𝘪𝘥𝘢”.

La gata callejera huérfana y sin nombre, sí había identificado como dueña a la vecina.

Un día (desconozco razones) metieron la gata en una bolsa y la arrumbaron en el baúl del carro y allá donde el diablo había dado las tres voces, la lanzaron al vacío. Se libraron de ella.

Dos meses después, las hijas de la vecina empezaron a gritar a altas horas de la madrugada. Un ladrón estaba tratando de romper la ventana de su habitación. Desde el interior de la casa se hicieron tres disparos de alerta. Aún así el ladrón logró burlar la seguridad de la casa y entró. El ladrón era la gata, había regresado del infierno donde la habían zumbado y maullaba por comida, tenía hambre.

<<𝘈𝘭𝘪𝘮é𝘯𝘵𝘢𝘮𝘦 𝘮𝘢𝘭𝘢𝘨𝘳𝘢𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢>> decía la gata.

A los vecinos no les costó de otra que dejar la gata a sus anchas.

En el barrio, ella hizo su mundo, a tal punto que se volvió enemiga de otra gata y donde quiera que se veían se entraban a madrazos. Ambas siempre estaban partidas y llena de aruñones. Seguro peleaban por un galán.

Pasó el tiempo y la gata terminó preñándose de un macho que nadie nunca supo su identidad. Parió por ahí, nadie sabe donde. Una noche llegó a la casa maullando como loca. Nadie sabía lo que quería. Al parecer estaba advirtiendo de su plan. Llevó todos sus hijos a la casa y los acomodó en el mueble de la sala. No recuerdo qué pasó con los cachorros, pero puedo asegurar que no se quedaron en la casa.

Años van y años vienen y la gata seguía ahí, una okupa en la casa que se robó. Engordó, enflaqueció, y envejeció. Con el tiempo murió.

La gata callejera huérfana y sin nombre, fue eso mismo durante toda su vida. Pues después de casi diez años, la vecina insistía en que la gata no era suya, ella le daba comida y ya. Ella nunca entendió que son los gatos quienes nos eligen.

Es probable que la gata sin nombre haya carecido de una palabra idónea bajo la cual responder al llamado humano. Pero, ¿a quién le importa un nombre cuando tienes el poder de meterte en una casa ajena, reclamarla como tuya, y regresar con tu dignidad intacta después que te corrieron de la peor manera? Nunca le hizo falta un nombre para demostrar que ella manda en casa ajena, y en casa propia. En su anonimato, mandó sobre la pertenencia de aquellos que podían ser nombrados. Una gata sin nombre, dueña de su destino, y dueña de lo que le diera la gana.

En memoria a la gata sin nombre de mi vecina.

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Estudié teatro; me apasiona el internet.

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