La escuela de la muerte

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Trancado en casa, con la nevera llena de comida, el tanque de gas rebosado, y tomando vitaminas; me senté en la sala bajo una nube de desazón, pues me había despedido de mi madre como si apestara, vivir a veces es horrible, pero hermoso.

Esta semana, dos hechos discordantes entre sí me hicieron experimentar una sensación de de que la muerte la tengo colgada en el hombro.

El primero fue el novio de una visita que estaba en casa, invitado por el dueño de la misma. Cuando llegué él estaba tan borracho que la azotea del segundo piso era una pista de hielo. Decidió fumar mariguana aún bajo mil advertencias: <<Primero se fuma, después de bebe, nunca al revés >> le advertí, pero no me escuchó. Su sangre intoxicada no lo dejaba reflexionar, ni hablar coherentemente, así que fumó.

Se paralizó, se le ataviaron los ojos dejando entrever sus cuencas vacías. Nada habitada en esa mirada, su alma se había perdido, la vida le había cerrado la puerta a sus encantos y le mostró la cara amarga que se oculta en la naturaleza de las drogas cuando se usan irresponsablemente. Como pudimos hicimos bajar la escalera al no muerto que estaba entre los vivos y desconocía su propia existencia, y el cemento que pisaba.

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Una vez en la habitación, se desmayó en mis brazos y tuve que sostenerlo de cuerpo completo, y hacer una fuerza para la cual no estaba preparado. Sentí por primera vez en mi vida la sensación de que alguien se desplome y quede al amparo de tu protección.

Empaticé con aquellos que así los había sorprendido la muerte de un ser querido. Experimenté la sensación, de perder todo ante tus ojos, ante tus brazos, ante tu pecho.

Y, no pude evitar pensar, todos los hijos que han perdido así a sus madres, entre sus brazos.

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Divagaciones

Un día me dieron la facultad de las mil y una maravillas.

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