La escalera

light city train tunnel
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Quise verte a través de los ojos de mi casa, mientras esta me escupió como catarro canceroso. No desee perderte. Tome el miedo por los cuernos y los envolví entre mis traumas, dejándolos encasillados entre fantasmas del pasado.

Fui detrás de ti, descendiendo lentamente la escalera de los miserables, fueron tan solo 36 escalones, y cada uno era un espanto misterioso que me afligía y devoraba parte de mis huesos, me mordían con rudeza expulsando mis aflicciones, todos tenían vida propia, y por su cuenta me espichaban los nervios como sorpresas de guerras en ciudades solitarias. Cuando llegue a la mitad sentí como esta se cerraba extremo con extremo en boca de O e intentaba succionarme como una medicina china, destruyendo mis esperanzas. Por un segundo mi soledad fue mi compañía, y mis miedos fueron mis alternativas, sopese los recuerdos y decidí acelerar la marcha como cometa en gravedad. La negrura de mis pisadas se quedaban marcadas como veneno para ratas en cada escalón, mientas estos me gritaban entre rechinares y ruidos alegorías y maldiciones apocalípticas, así entre la noche y mis absurdos, me escape hasta el último escalón, el mas propicio para desmayar.

Cuando obtuve una respuesta mecánica como espasmo misterioso ante la vuelta de mi aliento, desperté. Me encontraba ante el retrato de una ciudad putrefacta, casi perfecta para mancharme, y contaminada por el sucio arte, la peste de la ignorancia y el sudor de los vivos. Me di cuenta de un rostro amorfo, indescriptible, sucio y blasfemo, que en el tálamo de su lengua tenía espinas pringosas que maldecían la existencia y deprimían a los poetas y a los olvidados.

¿Estuve cuantas horas durmiendo, cuantas horas huyendo?

¿De que huía con espanto?

De mil y un fantasmas, de los peores asesinos, los del alma que matan toda esperanza incapaz de tener el don Lázaro para próximas resurrecciones, de niebla de estúpidas idiosincrasias, de capataces del miedo y ariscos de niños, de paredes que limitan la capacidad de proyección, de más monstruos tras los espejos, debía continuar huyendo, sin embargo seguía estático en el mismo lugar.

El miedo era Dios, y Dios era todo aquello que yo había deseado antes de ser perfecto, mi sufrimientos siempre comulgaban ante sus pies, y mis labios siempre exhumaban el vapor del lívido en algunos versos, y mi odio se resplandecía ante el abandono. Decidí que debía continuar.

El espejo era exacto, no falso. La muñeca que me ensayaba como paisaje diabólico era el rostro de la miseria.

Entonces respire profundo los vientos de los muertos, y me decidí a bajar la escalera.

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Divagaciones

Dramaturgo, bloguero, y roto!

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