Ocho lunas regían las noches oscuras de Tocoa.

Vivos y muertos sabían que la más loca de todas iba a pestañear, pues la habían visto bajando a beber agua a los pozos santos. Parecía no ser consciente de que afectaba a a todo lo visible e invisible

Aquella noche era llamada noche de insomnio, se le conocía así por ser larguísima, y poner de mal humor a las mujeres viejas que amamantan muchachos.

Photo by Sanni Sahil on Unsplash

Nada de esto le importaba al viejo que anda solo por los caminos.

Caminaba a sus anchas, y nunca levantaba la cabeza para mirar para arriba. Había abandonado su fe, ninguna promesa de salvación le convencía; usaba sandalias como si fuera un santo. Se alumbraba con una lámpara husmeadora que le había robado a una muerta que buscaba consuelo. La lámpara iluminaba con el humo que brotaba de su mecha, donde una llama de fuego bailaba sin apagarse. Una joya fiel que no enciende en manos de desconocidos. Y, no había mejor amiga que ella para atravesar la larga e incolora noche de insomnio, que se le roba el color hasta a lo que no se ve.

 Las noches son crueles, arrebatan tesoros y sacan lo peor de cada uno, en tiempos como estos, cada uno debe ser su propia lámpara.

Desgastado, el viejo caminaba hacia ningún lugar, la vida se había convertido para él en un apuro incómodo incapaz de llevar. Pero, ¿qué sentido tenía morir? Al final los muertos caminan entre los vivos, y lloran por las mismas penas. La vida y la muerte tropiezan con la misma piedra, y se saludan a la vera del camino.

Al viejo le molestaba ver como vivos y muertos se perdían estudiando las lunas. Les había dando nombres, sin preguntarle a las lunas si querían ser nombradas. Si algo le ha enseñado a él las noches, es que ninguna luna manda sobre la voluntad de los que caminan. Aunque cada noche es distinta, a la vez todas son iguales, frías e implacables gestando desgracias. Las que eran cálidas se esfumaron, su orbe yace en ruinas, Esto no cambiará, él lo sabe. Había aceptado la desgracia sin miramiento alguno. 

Lee aquí: Guarguaré, el río donde salen los muertos

El viejo que anda solo por los caminos, en realidad no andaba solo, le acompañaba un gallina prieta que lo seguía a todas partes.

Photo by Sarah Halliday on Unsplash

La gallina no hablaba, ni emitía opinión alguna, pero el sólo hecho de andar pisándole los talones, le daba al viejo una sensación de no estar solo. A veces, sentía la necesidad de hablar con alguien, aunque sea para pelear; la buena convivencia no se trata de quién te ame más, sino de quién te joda menos, y la gallina no jodía.

Avanzó la noche, y el viejo se detuvo para encaramarse a una mata de candongo para ver si alguno estaba maduro, y desde el cojollito alcanzó a ver un grupo de monjas caminando entre el monte. Ellas siempre traían problemas, y él quería evitar a toda costa su prédica. Así que bajó del árbol, tomó su lámpara husmeadora, y se fue caminando bien para adentro del monte. Se detuvo. Un poder bendito le cubría. Estaban rezando por su corazón y eso lo estaba debilitando. Se concentró. Frenó su respiración, agudizó su olfato, y descubrió la posición de las monjas. Ademas, por falta de experiencia sus pasos resonaban sobre las secas hojas de cacao. Al parecer, las monjas en un frenesí de fe, quieren quebrarlo más allá de cualquier reparo, para ponerlo de rodillas ante la virgen, y obligarlo a que le bese los pies.

Los religiosos son gente soberbia.

Se metió monte adentro cantando una canción al revés para no escuchar a las religiosas rezando.

Saltó cercas, atravesó conucos, y pasó por delante de perros sin ser percibido. Sus sandalias siempre lo guiaban por caminos correctos, evadiéndole de todo peligro. Sólo cuando no existía otra opción es que se encontraba cara a cara con algún rival. Para su infortunio, aquella noche era una de esas, donde la única, buena, y mejor opción, es prepararse para repartir machetazos.

Las monjas interceptaron al viejo que anda solo por los caminos bien profundo en el monte, allí donde ni los oriundos dueños del silencio, pájaros de la noche, podrían escuchar sus gritos. Con su machete, el viejo chapió  la tierra a su alrededor, y con el garabato quitó toda la basura dejando un círculo claro, sin piedras, hierba, u obstáculo alguno que le impida tener un espacio limpio en caso de que tenga que darle un sablazo a cualquiera.

La gallina tomó el tamaño de una aceituna, y desapareció volando para arriba.

GUÁRDATE MACHETE
EN HONOR AL CONCORDATO
QUE LA VIRGEN TE BENDIGA
SEÑOR DEL GARABATO

Las monjas habían dicho una oración de esas que hacen quebrar la voluntad. Las mano del viejo soltaron el machete y el garabato. Había risas de monjas por todas partes. Nada de esto  perturbó al viejo. Tranquilamente se metió sacó su mamajuana y se dio un petacazo.

Y, con voz temeraria, pero dulce como hablan los viejos de campo, sentenció: <<Tú sabes que me tienes miedo y aún así me andas asechando>>

Photo by Emre Kuzu from Pexels

Agarró la lámpara husmeadora que estaba flotando sobre su cabeza, y vio algo asqueroso. Las monjas se habían unido, encaramándose encima unas a otras hasta formar un solo cuerpo. Una vaina rarísima que lo tenía rodeado. Él viejo que anda solo por los caminos no sabía por donde atacar, por doquier habían bocas, ojos, brazos, tetas, y culos. Todas estaban desnudas formando un monstruoso animal, un carrusel infinito que picaba que en la vista.

Desubicado, oyó un gorgojeo que provenía de arriba. La gallina descendió, y dejó caer sobre tu cabeza blancuzca plumas que se quemaban en el aire, rompiendo así el poder de la oración que lo tenía espiritualmente amordazado. El machete y el garabato estaban otra vez a su merced. Sin embargo, él prefirió otra arma. Sacó debajo de sus sandalias un pequeño cuchillo con una esmeralda en el mango.

– Cirilo, clávate hasta donde dice tu nombre. – gritó mientras lo lanzaba.

Antes de que las monjas lograran darse cuenta, ya se encontraban todas con una herida de un puñal en el pecho, justo sobre el corazón. Las que estaban encaramadas en los árboles cayeron desparramadas, las que estaban prendidas a algo se desprendieron, las que colgaban de algo se descolgaron, las que estaban de pies se cayeron, y las que estaban en el suelo en posición intimidante simplemente bajaron la cabeza, como quien se recuesta a dormir plácidamente.

Photo by Daniel Gregoire on Unsplash

Una mancha en el pecho empezó a crecerle a todas. Una mancha de sangre, que se hacía cada vez más grande. No quedó una sola con la aurora prendida. A todo esto, el viejo que anda solo por los caminos no pudo evitar explotarse de la risa, pues algunas habían caído desguabinadas. Se acordó cuando mataba gallinas en el campo rompiéndoles el cocote. Risa, entre tanto religioso muerto.

<<La última vez que reí las ocho puertas aún estaban abiertas>>.

Recogió su machete, su garabato, se dio un petacazo de mamajuana, y se montó sobre la gallina que ahora era tan grande que el podía montársele encima y salir volando.

Lee aquí: La paletera de la Zona Colonial

Monte adentro, llegó a un área donde sólo había matas de Cacao. Se detuvo en un pequeño riachuelo donde en las noches claras salen los muertos, y las noches oscuras las mujeres se bañan desnudas. Bebió agua del río, se lavó los pies, y prendió su pipa, descansó un rato mientras pensaba en lo mucho que una persona debe odiar su vida para meterse a ser monja. Deben besarle los pies a La Virgen, y ser bautizadas con otro nombre. Todo lo hacen por poder.

¿Cual será el carisma de estas monjas que pudieron tumbarme el machete y el garabato? – se preguntó.

Avanzó la noche, el viejo se había desmontado de la gallina, y ahora andan uno al lado del otro sobre los errantes caminos del monte.

Atravesando un río sintió una corazonada. No recordaba la última vez que había tenido una. Prefirió no sacar su machete, ni su garabato. Ni pensar tomar a Cirilo. Esto era diferente. ¿Qué hacer? ¿Seguir caminando? ¿Detenerse? El viejo que anda solo por los caminos, no sabía qué hacer.

Photo by Caique Silva on Unsplash

Virgen de la piedra.- Ya deja de fingir que no sabes que estoy aquí. Sé que puedes sentir lo muerto, lo vivo, lo visible y lo invisible. En todas estoy incluida.

El viejo.-  ¿Qué  quieres virgen?

Virgen de la piedra.- Quiero consuelo. Pide cualquier cosa, y te la daré.

El viejo.-  Ustedes las religiosas será mejor que se pongan de acuerdo. Un grupo de ustedes quiere sacarme el corazón, y ahora tú vienes y me ofreces una bendición si te doy consuelo.

Virgen de la piedra.- Las vírgenes no somos religiosas. Ese palabra tan fea sólo la usan quienes nos siguen. Yo me debo a mí misma, y a mi voluntad. Y mi voluntad es que me des consuelo.

El viejo.-  ¿Por que mejor no dejan de perseguirme?

Virgen de la piedra.- Entrégame tu corazón, y acabemos con esto.

El viejo.-  ¿También quieres que te bese los pies? ¿Sabías que fui yo quien manchó la casa santa?

El viejo.-  ¿Y a mí qué me importa la casa santa? Yo sólo quiero consuelo.

Al viejo le faltaron tripas para reírse. Giró sobre una de las piedras del río para decirle algo de frente a la virgen, pero se resbaló y terminó todo encharcado de agua. Ahora era la virgen de la piedra quien reía.

Su cuerpo resurgió del agua cargando en en sus ojos una mirada inmisericorde, que destacaba en medio de la noche. La virgen de la piedra dudó, y terminó hundiéndose en el río. Para caminar sobre las aguas, hace falta más que fe, había que repetir una oración sin parar en la cabeza. Esa miraba, la clavó por dentro, y le desnudó la vida.

La virgen, cuyo cuerpo estaba cubierto sólo por un manto de seda que le llegaba de la cabeza a los pies, ahora estaba encuera, pues el manto se lo había llevado la corriente.

Al aire quedaron las tetas de la virgen llenándose de rocío.

Photo by Francesca Zama from Pexels

El viejo que anda solo por los caminos no obedece ni le sirve a nadie. A él nadie lo nombra, ni lo gobierna. Él es él, y su circunstancia. Él era lo único que poseía, y no abandonaría eso por nadie, ni siquiera por una virgen.

El viejo.- Deja de jucharme virgen.

La virgen de la cueva.- Consuélame.

El viejo.- Toma tu consuelo.

La gallina voló sobre la virgen y le dejó caer un huevo que explotó, embarrándola del más fétido olor.

Desaparecieron.

Él viejo y su gallina se esfumaron.

Avanzó la noche, y un gusano estaba comiéndose al viejo por dentro.

En un claro del monte miró para arriba y vio las 8 lunas. Y ahí mismo, dejó caer su saco, se desabrochó la vaina con el machete y el garabato, se quitó las sandalias y sacó de adentro de ellas a Cirilo. Se sentó en el suelo, se dio un petacazo de mamajuana, abrazó su gallina, y empezó a llorar.

Silencio. Hay un ruido ahogado atragantado en la garganta, una lágrima seca que se suicida antes de caer, un llanto que no quiere salir. Se estaba ahogando. Mientras desnudaba su torso, un dolor sordo reventaba el pecho, hasta que lo partió, y salió de ahí acabando con todo a su paso. Los árboles cerraron sus hojas, las flores se marchitaron, y hasta los muertos lloraron de pena.

Después que bramó su pecho, el dolor se esfumó, y su garganta volvió a quedar muda.

La virgen de la piedra apareció flotando en el aire con la aurora prendida. Decidió hacer un milagro. Descendió del cielo, y amamantó  al viejo. Y, ahí, en medio de la noche, bajo las 8 lunas, el sintió paz, y su cabeza se calmó.

Photo by Genessa Panainte on Unsplash

La virgen de la piedra.Únete a nosotras. La Inmaculada quiere abrir las ocho puertas.

El viejo.- Se necesitan demasiadas cosas para abrir las ocho puertas.

La virgen de la piedra.- ¿Sabes qué es lo que se necesita?

El viejo.- Escucha: yo soy el viejo que anda solo por los caminos, el que no baraja pleitos, el que no necesitan que lo juchen mucho, el que se negó a besarle los pies a la virgen y le escupió la cara. El que manchó la casa santa. Nunca me he bautizado, y el que nombre que tengo es el que yo me puse, y el que me acompañará aún después de muerto. Si vuelves a orar por mí, te cortaré la lengua.

La virgen de la piedra. ¿Aún no me perdonas que me haya vuelto una virgen?

Silencio.

Volvió a montarse en su gallina y desapareció.

Avanzó la noche, y el viejo llegó a un campo con hierbas que le llegaban hasta los tobillos, con árboles enormes, y sin montañas. Camino despreocupadamente sobre la hierba. Se relajó tanto que silbó, y la gallina se volvió pequeñita, y se le enganchó como arete de una oreja. Quería disfrutarse este momento, podía ser el último, ya casi no le quedaban fuerzas. Además, las cosas iban a cambiar, y él lo sabía. Su corazonada nunca le había fallado. A partir de ahora, las noches serán diferentes en Tocoa.

Una terrible sacudida lo impactó. Una contagiosa risa, y un llanto desgarrador se coló en el aire remeneándole los huesos. Máscaras por todas partes. No sólo abajo, también arriba. Sí, arriba. El viejo había mirado hacia arriba, no recordaba cuando fue la última vez. Nunca había hecho tantas cosas olvidadas en una sola noche.Había reído, llorado, y ahora había roto de su promesa de nunca más mirar para arriba por negarse al ver el cielo. Una promesa que hizo cuando su Dios lo abandonó. Los pies le temblaban. Su piel eriza, era una nueva sensación. Apretó fuertemente los dientes porque tenía el corazón en la boca y se le quería salir.

Juguetón y sin rostro se paró frente a él.

– ¿Y tú andas solo por todos estos montes? – preguntó el viejo.

Y, con aquellas 8 palabras, selló Guayubo su destino.

Sí, Guayubo. Así lo bautizó el niño.

Author

Estudié teatro; me apasiona el internet.

A %d blogueros les gusta esto: