El niño de mi corazón

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Aunque estudié en un colegio, yo sólo respiraba pobreza. Era tan poco lo que tenía, que en las clases de educación artística, cuando nos ponían a hacer el ejercicio de ponerse la mano derecha sobre el corazón y escuchar sus latidos, yo nunca escuchaba nada. El niño de mi corazón, no estaba.

Mi corazón se detuvo el día que mi mamá me abandonó para irse a andar.

Lo más cercano que conocí a algo dentro del pecho, fue cuando el papá de mi amiguito del colegio me atravesó con su machete.

El problema fue que su hijo, aunque no me hacía latir el corazón, de alguna manera me causaba cosquillas. Y yo sabía que, si me le acercaba un poco más, quizás podía hacer mi corazón latir. Así que me lo llevé al baño, lo tranqué en un cubículo, le bajé los pantalones para verle su cosita, y luego yo también me bajé los míos.

El niño de mi corazón era malo.

Cuando eso pasó yo apenas tenía 8 años, y él 9. Mi corazón no latió, pero sí me dio mucha cosquillita en la puntita del pene. Así lo seguimos haciendo todos los días a la hora de recreo, hasta que nos encontró la hija de la gorda que vende empanadas en la cafetería del colegio, y fue y se lo dijo a su mamá.

Ambos fuimos expulsados. La familia de mi amiguito se mudó de barrio, pero antes de irse, el papá de mi amiguito me buscó, me metió en un callejón donde no había nadie, y me atravesó con su machete mientras me tapaba la boca.

El niño de mi corazón se alejó.

No sé qué fue de mi amiguito luego, lo último que supe es que ahora es evangélico. ¿Y yo? ¿En qué me convertí después de que por fin me hicieran volver a sentir algo en el pecho? No lo sé, tampoco sabía antes lo que era. Bueno, sí… un estorbo para mi madre. Imagino debe estar contenta ahora.

Hoy decidí visitar el colegio, los niños de ahora juegan distinto: cuando te ven, se mandan corriendo, y tú tienes que perseguirlos. Es divertido, pero cerraron el colegio y ya no vienen niños.

Decidí buscar a mi amiguito, pero me rechazó poniéndose de rodillas y hablando en voz alta y con una biblia en las manos, es un brusco. Yo no quería estar con él, pero como él no quiso estar conmigo, me busqué a alguien mejor, a su papá.

Leer aquí: El hombre que me hizo perder mi virginidad.

Como él estaba de visita en la casa de mi enemiguito, había subido con las voces del hijo, y nos vimos cara a cara. Al igual que el hijo me reprendió, así que me escondí, aunque en verdad lo que hice fue montando en una goma de su carro para caerle atrás. A partir de ese momento nunca me despegué de él, le aparecías mientras se bañaba, cuando dormía, cuando rezaba, siempre.

El niño de mi corazón, no sabía lo que sentía.

Un día, se hartó… y nos sentamos a hablar. Él me brindó galletas y té que por más que comía no se acababan. Le dije que quería jugar como lo hacía con los niños del colegio, sólo que ahora soy yo quien quiero correr, y que sea a mí a quien persigan hasta atraparme. Me saqué el machete que tenía atravesado en el pecho, y se lo pasé. Para que sepa que él debe jugar conmigo, y para que cuando me atrape, juegue a como cuando me mató, si le interesa.

Ahora, todas las noches, nos vamos al callejón de su casa, donde jugamos a que él me persigue hasta que me atrapa, y luego me atraviesa con su machete que me llega al pecho, y yo, felizmente dejo que me lo atraviese, porque aún después de la muerte, me gusta jugar.

Estoy sintiendo algo en el corazón. ¿Estás dentro?

Leer aquí: Rapsodia de un polvo

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👽 Ficción

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