Era una noche húmeda en la Zona Colonial del gran Santo Domingo. Como siempre, estaba en el Parque Duarte bebiendo, o como dicen los popis: haciendo esquinas. El grupo era terrible, hablaban mal unos de otros, no se soportaban, y se hacían entre ellos horribles fechorías. Pero, por alguna razón estábamos juntos siempre. Yo solía ser el hazmerreír por tener 17 años y aún no haber tenido sexo a pesar de tener un noviazgo con alguien que me gustaba y amaba mucho. Llamémosle “El inmundo”, el hombre que me hizo perder mi virginidad.

Entre la borrachera sorda que nos causaba aquel alcohol barato y de mala clase que estábamos tomando, se despertó en mi cuerpo el apetito sexual. El Inmundo estaba presente, borracho, siempre estaba así, con un añejado tufo a alcohol característico, ese era su olor natural. Un aliento repulsivo y de mala clase, pero lo amaba. Le dejé saber mis intenciones. Él nunca tenía un peso para llevarme a una cabaña a pesar de trabajar y ganar un sueldo responsable. Se lo metía todo de alcohol. Más tarde me enteré que también se lo daba a algunos chulos. Su respuesta fue la que imaginé: “yo también pero no tengo cuarto (dinero)”.

El ventorrillo amistoso donde estaba envuelto supo mis intenciones: “la virgen quiere singar”, pitorrearon. 

Imagen de apoyo

De los presentes, había sólo una persona que siempre me pareció ecuánime, diáfana en pensamiento, y con quien aún estrecho lazos. “Si tu quieres te presto mi casa, pero debe haber penetración, necesito que te liberes de esa azarosa virginidad”, me dijo. Le tomé la palabra. Me dio las llaves de su casa y llamé un taxi, el cual por supuesto pagué yo. Al irme de la Zona Colonial, las víboras se quedaron comentando de mi periplo.

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Llegué a la casa de mi amigo, y empezó el acto. Siempre tuve miedo de ese momento, me preguntaba: ¿Cómo sería? ¿Y si me excito demasiado y eyaculo de una vez? ¿Y si tengo sexo anal y cometo un desliz? Porque estaba en la calle, y no me había preparado antes. De hecho, ni siquiera sabía cómo hacerlo. Siempre me había definido en mi cabeza como “versatil”, pero en aquella noche, sabía que no era ese el rol que iba a tener que asumir. Teníamos preservativos, lubricante, estábamos borrachos, en fin… ¿Qué podía salir mal?

El sexo fue suave y delicado, salió bien. De hecho, fue la única vez en mi vida donde el sexo anal no me causó dolor. ¿Por qué? era la primera vez, y todas las demás veces después de esa he tenido que lidiar con el dolor, pero aquella no. ¿Por qué? Seguro por el alcohol, o porque mi deseo superó a mi cuerpo.

Se cerró la noche, y me cubrió con un manto que me hizo un hombre nuevo. La virginidad quedó en el pasado, y nunca iba a regresar.

¡RIDÍCULO!

A eso de las cuatro de la mañana, tocó la puerta mi amigo, el dueño de la casa (yo tenía sus llaves). Al abrirle, tanto él como su novio me dieron un abrazo, y me felicitaron por mi valiosa labor.

YA NO ERA VIRGEN, gran cosa.

Al otro día, ya en casa, recibí muchos mensajes de felicitaciones por el proceso. Había cometido el error de hacer de mi vida sexual un espectáculo, y ahora los paparazzis me estaban acosando. Todos estaban felices, excepto yo.

En casa me derretí como cera de vela quemada por el fuego del dolor. Un rabo de arrepentimiento me sobaba la piel, y me clavaba sus espinas, dejando en mí cicatrices. Busqué sexo persiguiendo el placer, pero sólo encontré dolor. Un baúl de sentimientos encontrados que abrí sin querer y ahora no podía cerrar. Y, es que, si al menos hubiera hablado, pero no podía. La vergüenza me estaba matando.

Y, es que después de finalizar el acto sexual, El Inmundo, el hombre que me hizo perder la virginidad, me había dicho que se había acostado con más personas estando conmigo. ¿Involucraste sentimientos? le pregunté. No, fue su respuesta. Entonces no pasa nada, concluí. Pero en verdad, sí pasaba. Mi mente colapsó, se subió en una nube y duró mucho para bajar, la realidad dejó de parecerme importante, y el mundo de mi cabeza tomó el control. Simplemente no podía detener mis pensamientos, no pude, no puedo.

Sí, ya no era virgen. Había dado algo que para mí era importante a un cerdo, a un borracho, a alguien que no acababa la universidad aunque sólo le quedaban 6 materias, a quien a su edad aún vivía en casa de sus padres, a un ser perverso e inestable. ¿Culpable? Yo, y sólo yo. Mi juventud me traicionó y quebró mi fuerza más allá de cualquier reflexión que apacigüe mi mente. La falta de experiencia, jugó conmigo, y perdí.

Seguí con él por un año, porque no existo, no importo. Este juego asqueroso y repulsivo lo seguiré jugando. Sabía que no era el hombre de mi vida y que no iba a morir con él, pero por alguna extraña razón, no soltaba la relación, y mientras más tiempo pasaba y más cuernos él me pagaba y más daño él me hacía, yo seguía metiéndome con él en la cama. Porque mientras más jodido estaba todo, más gusto yo cogía, y más lo odiaba. Soy un ser lleno de dolor, que no desperdicié la oportunidad que tuve para joderme, y soporté por un año a un hijo de la gran puta que al sol de hoy, sigue siendo un borracho.

Y esta es la jodida historia de El Inmundo, el hombre que me hizo perder mi virginidad. 

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Author

Estudié teatro; me apasiona el internet.

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