Me encontraba con el peor empleo de mi vida, la peor jefa de mi vida, y el peor salario de mi vida. Un trago amargo, pero no me importaba. Sabía que ese empleo era temporal hasta encontrar otro, pero jamás me imaginé que iba a terminar renunciando sin tener nada amarrado por otro lado. La vida es cruel en Santo Domingo, pero hay vainas que le quedan grande a esta parcela del caribe. Quiero hablarles de “el día que maldije a mi jefa y renuncié al empleo“. Un cuento de pobreza.

Era mi segundo empleo con apenas 18 años. Pero tengo una buenísima excusa para lo que seguro están pensando. Y es que el primer empleo lo conseguí porque un buenísimo amigo, gerente de una empresa y con muchas ganas de ayudarme me contrató. Una vez contratado y mudado (el empleo era para largarme de mi casa) me dijo que por el favorcito que me hizo tenía que darle algo quincenal, y me especificó la cantidad.

Bueno, el palo ya estaba dao.

Le cumplí reglamentaria sus pagos por tres meses que fue lo que duré en esa  empresa porque nunca dejé de buscar empleo. Que abuse de la humanidad si quiere, pero no de mí. Abusador!!!! 

Y ahí fue donde caí en un call center donde maldije a mi jefa y renuncié al empleo.

Uno no sabe dónde está peor en la vida.

El trabajo era mal pagado pero fácil, y yo era bueno en lo que hacía, y me esforzaba bastante. A tal punto, que mis métricas fueron las mejores. El problema es que pagaba menos del salario mínimo, y uno sabía la cantidad exacta que cada cual le generaba a ella acorde a las métricas.

Era un empleo para gente sin aspiraciones en la vida. Lo digo porque habían muchos que tenían más de un año ahí y estaban a gusto.

La dueña y jefa del call center era una extranjera buenamoza, fina, y sofisticada. Exigía un código de vestimenta de camisa y corbata, a pesar que estábamos trancados haciendo llamadas conectados a un teléfono común y corriente. Y era manual. Al menos teníamos un auricular, pero no había cubículo. El baño del negocio era un cuchitril, y cualquier olor que emanaba se regaba en un área donde sólo trabajaban mujeres. La excusa era que por un supuesto “defecto” con el no sé qué del aire acondicionado pusieron un tubo por no sé donde cerca de la ventana del baño. 

No nos dirigía la palabra y nos miraba como mosca.

Vi a la jefa decirle a más de un empleado “cállese”.

A ella había que decirle la jefa. Ella lo exigía. Una vez fueron como quince empleados al mismo tiempo al ministerio de trabajo.

Había un viernes del mes donde se celebraban los cumpleaños. Para eso cada empleado tenía que pagar cincuenta pesos obligatorios para comprar un bizcocho de supermercado y refrescos ¿…? El dinero había que pagarlo en efectivo el día de la fecha de cobro para no alegar luego no tener dinero. Para el cumpleaños la jefa nos daba la última hora de trabajo, y ella sentía que nos estaba dando un mundo. Ponía una emisora directamente de la consola del teléfono, repartía refrescos, y se fajaba a bailar con todos los empleados. Ella bailaba de todo, salsa, merengue, bachata, o lo que le pusieran. Y  lo hacía como una experta. Era una buena bailarina, y una buena manipuladora.

Y aún así, tenía sus lambones que la admiraban.

Un día fui con un desperfecto en un pantalón y ella me reclamó de muy mala manera en frente de mucha gente, por algo que hasta el momento nadie había notado, ni yo. Un hilo salido que se resuelve hasta sin tijeras.

Y ESO ME PRENDIÓ

Y ahí le dije de todo. Le dije que ella era una prepotente y una altanera. Que trata a los empleados como basura cuando somos seres humanos, que ella manda a callar a los demás porque sabe que sólo contrata gente pobre y desesperada que se está aferrando a este empleo como única o última opción y no quiere perderlo. Que paga menos del salario mínimo aún sabiendo que es contra la ley pero lo hace y el estado se lo permite. Que aquí todo el mundo le tiene miedo, pero yo sólo le tengo lástima.

RENUNCIÉ

El día que maldije a mi jefa y renuncié al empleo llegó. Lo interesante fue que meses después empecé a encontrarme en la calle con antiguos empleados. Ninguno seguía trabajando ahí, me decían que lo cancelaron por tal cosa o que renunciaron por tal cosa. Y, que curiosamente después de mi experiencia otros empezaron a hacer lo mismo al momento de tener ya su cheque en mano, o cuando quieran ser cancelados.

Por un lado, que lástima que todo acabará así. Por otro lado, qué gustito sentí por dentro. Me sentí vengado de la vez que ella me dijo que la única razón por la cual nosotros trabajamos es para bebernos el dinero.

Su concepto de la pobreza es peor que en las películas.

Me enteré que sigue rica, felizmente casada y con muchísimo dinero.

Escribo esto porque me gusta acordarme del agobio más grande de mi vida, donde conocí la hostilidad más cruel, y llegó el día que maldije a mi jefa y renuncié al empleo.

Author

Estudié teatro; me apasiona el internet.

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