Carta para la muerte Eva

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Era la atmosfera mas espesa de aquellos días; sobre la bahía se observaba la noche cargando su habitual vestido de luto, que al parecer algún duende se lo había manchado de chispas azules – A ella parecía no importarle.

Bajo mis pies estaba la cara de la tierra besando mis pasos. Caminaba mortalmente con la visión desgarrada cuando te vi. Estabas sobre una silla de madera, justo donde la cerúlea del cielo besaba el estomago del mar. Emitías un brillo calcáreo y criselefantino que desbocaba tu imagen, eras tan real como onírica, tan cegadora y dolorosa que era imposible sentir placer; aun así no podía dejar de mirarte.

Me diste dos cartas, una para abrirla al instante y otra en casa. Yo acepto como el humilde peón comprende su desgracia. Te entrego también mi carta, donde te explico el sufrimiento indecible que es el no tocarte y dejo a la intemperie la confesión del pecado; lo de deshojar huella con huella cada uno de mis pelos de cucufato. Negarlo es tan imposible como lo es para la mantis pasar su vida en plegaria, con las manos que ora, también mata.

La primer carta decía gracias.
La segunda estaba vacía.

He mirado por la ventana a verte leer la mía. Pero no estabas sola, y en la playa un solo par de huellas había, como sembradas por algún inmortal. Estabas sobre tu silla y tu compañía a tu lado dormía y gemía, era yo en estado puro, era mi memoria. Para evitarme el dolor la tomaste en tus brazos y la has acunado a tu seno.

Pero aun te recordaba, y conversaba tus cartas, y en el fondo del mar se perdió, tu mirada, y la mía.

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Divagaciones

Un día me dieron la facultad de las mil y una maravillas.

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