La vida odia los preconceptos, por eso se empecina en destruirlos. Si algo me enseñó esta pandemia es a no hacer planes. Al final todos improvisamos por más que nos organicemos. Recibí este 2021 sin ningún objetivo, ni guía, ni metas, ni sueños. Del mismo modo no hice plan para celebrar la partida del año viejo. Pero el plan me sorprendió a mí mismo mientras jugaba con mi gata, bebía una copa de vino, me fumaba un cigarrillo y usaba la laptop. Lo normal en la vida de cualquier soltero de mi edad.

El primer fuego artificial explotó en lo alto de la noche a las 11:58 pm. Los vecinos se asomaron a la ventana celebrando un año más, mientras una ambulancia atravesaba la avenida a toda velocidad. La muerte no tiene horario.

Cuando las explosiones se apoderaron del cielo, empezaron a tragarse todos los sonidos de la tierra, incluyendo el de la música que salía de los apartamentos, porque aquí cada quien tenía su propia música a todo volumen. La noche, que parecía muerta, se llenó de vida, y de luz. Entre tanto follón, a lo lejos escuché el sonido de una sirena. Sonaba tan débil y tímida. Pedía permiso para entrar pero el el bullicio no se lo permitía, porque ahora se había sumado el ruido de las vecinos que con sus horribles bocas se asoman al balcón a vocear y despedir el 2020.

Miré el reloj de mi laptop, eran las 11:58 de la noche. Me paré en la ventaba de mi habitación para confirmar si la sirena venía de la calle, o estaba oculta entre una canción de las tantas que sonaban. Cada vez su llamado se hacía más y más fuerte. Mientras su sonido crecía, mi vista se perdió en el cielo nocturno del gran Santo Domingo, que estaba iluminado por todos los recodos. De todas partes subían ráfagas de fuego que iluminaban la noche. Una provincia alegre, llena de júbilo, y (casi me lo pierdo) por abajo, a toda velocidad, corría una ambulancia sobre la avenida vacía. El sonido de su sirena estaba desesperado.

Nuevamente miré el reloj y eran las 11:59. La noche cada vez más iluminada, los vecinos más insoportables, y el sonido de la sirena cada vez más apagado, perdiéndose en la calle, así como quizás perdía la vida quien ahí dentro estaba.

Sin darme cuenta ya era año nuevo. Los fuegos continuaron, los vecinos se abrazaban, y empezaron a vocear: ¡Vecino, feliz año nuevo! Sobrevivimos.

¿Cómo que feliz año nuevo? En este residencial nadie habla con nadie, y a todos nos hiede de la vida. ¿Por qué me deseas feliz año nuevo con tanta alegría? Estoy seguro que si nos conociéramos no nos soportaríamos el uno al otro. ¿Sobrevivimos? No. Aún estás viva, que no es lo mismo. Esto no se ha acabado para nosotros aunque para quien va en la ambulancia seguramente ya se acabó.

Por supuesto no dije nada de lo que ahora escribo, porque soy un cobarde. Lo único que hice fue meterme un poco más en mi habitación (que ya tenía las luces apagadas), correr las cortinas negras, y fajarme a brechar a través de los visillos.

Puse Spotify, bebí un poco de vino, y me recosté.

Sí, es cierto que sobrevivimos al 2020, pero no a la pandemia. Y tú, vecina que vocea como loca, probablemente sobreviviste al 2020, pero en vista que tenías tu apartamento lleno de gente, quizás no sobrevivas al mes de enero.

Y volví a trancarme en mi habitación. Para todo el mundo era año nuevo, para mi simplemente era viernes.

Author

Estudié teatro; me apasiona el internet.

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